En mi barrio, un suplantador de heladero italiano, ha inaugurado su local: “Il peccato freddo”. Un nombre que le habrá parecido de lo más ocurrente.
Pero tampoco se queda corta la top model, campeona del método discursivo, que ha declarado que sólo si es pecado, es divertido.

El concepto de pecado como tal ha pasado a mejor vida: hoy, todos lo hemos comprendido: fumar es pecado. Abominación sólo superable por el desmarque del culto a lo homosexual, y como novedad, por la ingesta de helados, (no sé yo si la cobertura de chocolate aumentará la culpa o no: misterios del Nuevo Orden Moral).

Que se preparen los gorditos: el gobierno tiene en la recámara una batería de medidas para hacer la vida imposible a los protagonistas del buen comer.

Pero volviendo a la cruzada antitabaco, los fumadores deben segregarse como los leprosos del nuevo año que son: nuestros políticos, conscientes de la gravedad del asunto, van a implantar zonas de no fumadores en toda playa que se precie.

Yo abogo por una playa, mejor, por un trocito de playa, en que se me respete mi derecho a discrepar con una afición que causa furor entre mis compañeras de género: el top less.
No me gusta el top less, nunca me ha gustado. Manifiesta lo deplorable y gregario de la raza humana, incita a la curiosidad morbosa y a la violación mental de un cuerpo ausente de nombre, personalidad, y corazón femenino. Una práctica incompatible con los dos destinos supremos con que Dios selló a la mujer: la virginidad o la maternidad. Además es un espectáculo poco recomendable para maridos, y ni que decir tiene, para los niños.

Después de pasarme años actuando como censor televisivo para evitar a los míos escenas sexuales demasiado explícitas, no voy ahora a rendirme ante el espectáculo de semidesnudos, por muy playeros que sean.

Para mí hay poca diferencia entre una revista porno y un día soleado de playa.
Nadie puede obligarme a ser informada profusamente sobre la anatomía de las féminas exhibicionistas -próximas a mi toalla de nudos marineros- por la que no siento ningún fervor.
No sé porqué me enfado tanto: no soy fumadora ni siquiera estoy gorda. Sí, sí que lo sé, me revientan los disparates de los necios elevados a la enésima potencia que desprecian a Dios.

Solicito a las autoridades competentes que velen por estos espacios públicos, de modo que todos podamos disfrutar de ellos sin temor a ser agredidos, visualmente, se entiende. Penitencia que debemos unir al calor, a los insectos y a la canción del verano a todo volumen y repetida hasta la saciedad, que suena en el transistor de los vecinos a mi toalla de nudos marineros.

¿Se podrán negar después de haber entregado playas enteras a los que se bañan y toman el sol como Dios los trajo al mundo? Nudistas creo que se llaman.

Todo es posible en el Nuevo Orden Moral.