El otro día Dios me dijo: “¿Crees que creé el Infierno por gusto?”

Dios y el infierno. Conceptos contradictorios, afirman algunos teólogos de tres al cuarto. Pero algo de razón llevan: en el Juicio Final, Jesús maldecirá a los que no vivieron el mandamiento del amor condenándolos al fuego eterno (Mt. 25, 41), a un
lugar que no fue pensado para el hombre, sino para el diablo y sus ángeles.

El hombre es un ser muy valioso para Dios. Su rescate le costó mucho más que dinero, tiempo o dedicación; le costó hasta la última gota de su sangre. Y así lo elevó a una vida de comunicación con Él que transcurre por el cauce sacramental que Cristo legó a su Iglesia (Mt. 16, 18).

Últimamente han caído en mis manos textos varios que me reafirman en la siguiente cuestión: sólo nosotros sentenciamos el lugar donde pasaremos la vida eterna. Y alguien se preguntará: ¿pero hay pruebas de una vida tras la muerte? Porque un mutismo llamativo inunda los sistemas mediáticos. Prensa, radio y televisión se coaligan en el silencio sobre lo esencial: el destino del alma humana.

Vayamos a testimonios recogidos durante años en libros de diversos autores, sobre experiencias próximas a la muerte con posterior reanimación. Estas son muy similares: se comienza oyendo un ruido extraño, y la sensación de deslizamiento por un túnel largo y oscuro. A continuación se “ven” fuera de su cuerpo, y acuden los espíritus de parientes y amigos. Hay un contacto con una presencia luminosa, cordial y amistosa. A veces se incoa una visión de la vida pasada que produce dolor o alegría asociados a malas o buenas acciones.

Otro libro titulado: ¿Existe el infierno? de Juan C. Sánchez Ventura, expone la “vuelta momentánea” desde el infierno, realizada por una alemana recién casada, fallecida en un accidente de tráfico. Una amiga suya será la destinataria de la narración de la realidad misteriosa del “mundo de tinieblas”. La historia comienza con un: “¡Clara, no reces por mí! Estoy condenada…en el infierno. ¡Qué espantosas penas! No comemos, ni dormimos, ni nos movemos. Espiritualmente encadenados, nuestra vida consiste en llanto y rechinar de dientes. Nosotros aquí tragamos el odio como el agua. Pero sobre todo odiamos a Dios”. Más adelante le reconoce: “La oración es el primer paso hacia Dios, y es el paso decisivo. En especial la oración a la Madre de Cristo. Esta devoción arranca al demonio un sinnúmero de almas. Yo, en los últimos años de mi vida ya no rezaba y así me faltó la gracia, sin la cual nadie puede salvarse. Rezar es la cosa más fácil para el hombre en la tierra y a esa cosa tan fácil Dios ha ligado la salvación de cada uno”
Sigue así: “Tú muchas veces me instabas a escuchar la predicación y a leer libros espirituales. “No tengo tiempo”, era mi contestación de siempre. Un día me dijiste: “Ana, haz una buena confesión y todo estará arreglado”. Yo estaba de acuerdo, pero el demonio, el mundo y la carne me tenían ya muy cogida entre sus garras.
Nuestro mayor tormento, consiste en saber con certeza que nosotros nunca más veremos a Dios”
Prosigue su narración: “La mañana del día de mi muerte sucedió algo que hubiera podido cambiado mi rumbo. Al pasar por delante de una iglesia oí: “Tú podrías ir hoy a la Santa Misa”. Pero mi claro “NO” cortó esa propuesta. Yo añadí: “¡Con esas cosas hay que acabar de una vez. Cargo con todas sus consecuencias”. Pronto se encontró ante el escenario por el que transcurrió su vida y su trágico final: el rechazo sin vuelta atrás de Dios y del Paraíso.

Dicen que en el Cielo no hay nadie a la fuerza. Y al infierno sólo van los que mueren en estado de aversión a Dios, (pecado mortal), sin que medie ningún arrepentimiento. Pero el arrepentimiento necesita de una gracia divina para consolidarse y debe ser conquistada por nosotros o por otros en nuestro favor.

Vida después de la vida. ¡Qué inconscientes somos mientras transitamos por la tierra! Un día habitaremos una estancia en la que el tiempo ya no existe. Pero en la tierra nadie, salvo la Iglesia, nos lo recuerda, y pasa la vida, y, sin darnos cuenta, llega la muerte.

Pero Jesucristo entregó toda su vida en servicio del bien eterno del hombre. No fue un libertador del proletariado, ni un hippy, ni un revolucionario. Su disposición sumisa a obrar lo imposible para evitarnos la segunda muerte, contrasta con nuestro escaso interés por el Paraíso, un lugar y un estado donde el gozo inenarrable, la belleza impensada, el amor apasionado son sus constitutivos. El Reino de los Cielos es mucho más que el título de una película: es la patria de los hijos de Dios.